LA GUERRA DE LOS ARTISTAS
»Y tu en la guerra.»
    Cuando un artista gasta su dinero, se esta preparando para la guerra. Directamente, lo desperdicia.
Y algunos, con la firme idea de pertenecer a este clan bohemio e incontrolable, gastan su dinero en música, pintura y libros que no leerán jamás. Pero la mejor parte llega cuando uno de ellos se proclama a si mismo artista, porque nadie les otorga ese placer de serlo, y entonces, recurren a la guerra.
Sí, esa guerra llevada acabo por los mismos artistas y que quienes creen serlo acuden a ella.
Donde cada autor se ve obligado a defender su obra hasta la muerte. Sea desde una nota musical, hasta una herida de tatuaje.
Y los artistas reales lo único que pueden hacer en aquel terreno plagado de humanos creyendo ser, o siendo,  es no ser. No ser, ni creer, ni valorar, ni predestinar. Simplemente, crear.
Los artistas crearon, y quienes no pudieron, lo único que podían hacer es utilizar sus manos para hacer otra especie de manualidades. Empuñar un arma, cortar una garganta o asfixiar con una soga. En definitiva, lo llamaron el Arte de la Guerra.
Algunos de los mejores artistas fueron asesinados a manos de gente sin tener ni la menor idea de el prodigio que se mostraba ante ellos. Ingenuos ante tal sabiduría y tal razonamiento, les abrumaba no comprenderlo y enfurecían.
Tal fue su ira que llenaron sus mentes de víctimas, violaciones, matanzas, destrucción de obras maestras, … Le pegaron un tiro a la imaginación en estado puro y la enterraron un domingo después de misa.
Frente a todos.
Los artistas perdieron la guerra.
Como siempre.
Todo aquel dinero que gastaron no fue para la lucha. Ni siquiera tenían pensado pisar la zona de combate. No se presentaron el día acordado.
Y todos creyeron que los artistas eran idiotas que no paraban de soñar y que la realidad les superaba.
No obstante, los artistas llegaron al pueblo justo cuando todo el ejercito ocupaba las llanuras que lo rodeaban.
Llegaron con música y danza.
Con arte culinario.
Con teatro.
Entraron por las grandes puertas y las pintaron con grandes murales que daban la bienvenida a otra clase de pueblo.
Dibujaron por todas las calles.
Follaron y bebieron en todos los bares.
Tatuaron las pieles de muchos habitantes.
Se leyeron los libros que muchos escritores no pudieron publicar. Los niños hacían corrillos para escuchar atentamente.
Se podía ver un pueblo lleno de arte, y a las afueras, unos guerreros con todas sus armas afiladas, sus arcos tensos y sus catapultas preparadas.
Los artistas enseñaron sus técnicas, sus métodos, su forma de ver el mundo e interpretarlo.
Los artistas no llevaban armas ni el fuego en las venas para luchar.
Los artistas no van a la guerra.
Los artistas pueden crear una guerra.
Los artistas no pueden ganar una guerra.
Los artistas te harán creer que has ganado la guerra.
    Los artistas… Solo somos artistas.
Y tu… Aun crees estar en la guerra.

 

EL ARRANCA-MUELAS

»Cosas de niños.»

 

Leía la vida de un asesino en la sala de espera del dentista, poca cosa, pedí hora para que me arrancaran una muela que llevaba un año partida. La cosa se complico cuando mi lado derecho de la piñata llevaba desde entonces acarreando todo el trabajo de masticar. Véase una irritación de encías con sabor a hierro por la sangre. Véase una infección que podría subir hasta acabar en el cráneo. Véase también un drenado de pus como me explico mi hermana señalando su enorme cicatriz detrás de la oreja, casi llegando a la nuca. Así fue como acepte ir al arranca-muelas a pedir hora, para eso, para arráncame la puta muela esa del juicio final.

De pequeño me hicieron de todo en los dientes, menos aparatos, podías ver mis dientes con empastes a la ultima y fundas plateadas que ahora están a la moda. Tendría alrededor de ocho años y ya me parecía a los drogatas traperos forrados que cantan en un palacio. Pero a la vez que vas creciendo tus dientes también lo hacen, y la gran mayoría de mierda que has tomado pasa factura después de unos años. Pasados estos ten cuidado, se pueden caer o ser atrapados por las tenazas del arranca-muelas.

Una mujer bastante barriguda y bajita asomaba por la puerta numero dos, dijo mi nombre en alto pese a ser yo la única persona en aquella sala. Sosteniendo unas cuantas hojas a la vez miraba por encima de las gafas, me dejo paso para poder entrar. En el centro de aquella habitación estaba la famosa camilla que conocemos todos, con la típica mesita en lo alto con artilugios que parecen herramientas de tortura. Al fondo a la izquierda había una mesa donde un hombre introducía datos en el ordenador que tenia delante. Todos los arranca-muelas son de la misma especie porque tienen el mismo humor.

De pequeño recuerdo que me acostumbre a que me pincharan en la boca. Puestos a decir, realmente me gustaba la sensación de la adrenalina y notar la aguja como pasa esa pequeña película de piel que se pega al paladar. Una sensación fría y metálica, con sabor a ácido y un toque anestésico, esa escena se quedaba grabada en mi cabeza durante días, todos los sentidos que experimente se me quedaban marcados a fuego en el cerebro. Sabía que una vez pasado el momento y la recopilación de sensaciones se procesara yo lo podría estar rebobinando en mi mente todas las veces que quisiera.

El arranca-muelas acerco ese enorme foco a mi boca, apartando los labios con los utensilios recién sacados del precinto y como todo quien me haya visto la muela dijo: -Dios mio… que mala pinta tiene- Ya sabía que iba hacer a continuación, como iba actuar. La mentalidad de un arranca-muelas es la misma que la de un adicto; si puedes tenerlo, tenlo. Faltó tiempo para que me introdujera aquella aguja por dos sitios distintos de mi paladar y pudiera recordar de nuevo esa sensación agridulce y enfermiza. Entonces supe porque no me importaba ir al dentista de niño. Creo que llevo una vida entera en simbiosis con los arranca-muelas.

Fui capaz de mentir solo para experimentarlo de nuevo y llevarme a casa la sensación duplicada. No sentía la parte derecha de la cara, desde la barbilla hasta el pómulo, un cosquilleo se expandía dándome la señal para que le dijera al arranca-muelas que prosiguiera con el ritual. Cogió unas pinzas, unas pinzas con una forma especifica para cazar a mi muela rebelde. Una vez bien cogida estiro hacía arriba hasta acabar en un tirón seco y sacando la mitad de una muela que se estaba deshaciendo por dentro. Primero miro la muela, ese diente amarillento y lleno de sangre, luego me miro a mi y frunció el entrecejo. Eso quieren decir malas noticias.

 

KETOX

»Hice bien en drogarme.»

Ha pasado tanto tiempo que ya me siento bien.

El quebradizo hielo se deshace en la boca de mi perra y yo con el jersey rojo voy manchando el paisaje blanco, pasando frio desde las seis y escupiendo serpientes de humo. Los coches a lo lejos no aprietan el freno, más bien aprietan el acelerador, amanece y tienen prisa por trabajar. Veo la silueta del Tibidabo, Collserola con sus dos estrellas parpadeantes, veo el horizonte color fuego y mi ciudad despertando entre llamas.

Lo último que pienso es en mojarme pues estoy completamente estirado entre plantas cubiertas de roció congelado. Además mi perra viene a verme cada vez que tiro una serpiente de humo y me baña entero.

He dejado el teléfono en mi casa, solo he traído mi pequeño cuaderno, aun con las manos entumecidas puedo escribir sin mirarlo ni leerlo. Y de nuevo otra bocanada de humo que entra en mis pulmones como si fuera una madriguera infestada de serpientes, sacando una por una, calada tras calada.

Mi cabeza decidió dormir y mi cuerpo estuvo durante casi una hora expuesto a las vistas. Tan cansado que me dio lo mismo revolcarme para poder levantarme, cogerme a la rama de un árbol de una especie que ni conozco, silbar a mi perra y ver que esta estirada a mi lado, quitarme las hojas y la tierra a manotazos. Estrujarme los ojos con los dedos y quitarme la grasa con la manga, así de guarro soy.

Fui caminando hasta el polígono, ya a penas me quedaban cinco minutos para llegar a mi casa. Mi perra iba por delante con las energías a tope, yo a paso lento encapuchado y con las bambas llenas de barro. Los niños uniformados se me quedaban mirando y las madres apartaban a sus hijos con el brazo, empujándoles para el lado contrario. Como dicen algunos; <<Mirada baja pero con uñas de gato>>.
Asome la cabeza por la capucha en el estanco de mi barrio, algo suelto pagará el quita-mono, el aliña-gramos, como los pijos lo llamáis; <<Tabaco>>. Me lie uno y mi nivel cardiaco era lo más precario que tenía a parte de un cigarro con el papel al revés. Una vez en las escaleras vinieron los mareos y las ganas de saltar hacia atrás para dejarse llevar por la gravedad, pero llegué, hiperventilando, pero llegué.

Supertramp, sí, pero esta vez »Even In The Quietest Moments», a la mitad de la cara B hay una puta canción que me llena de adrenalina, un saxo que acompaña a un cantante y un coro espectacular. Tiré el cigarro a la basura, volví al tocadiscos para subir el volumen, cogí el bote de la marihuana y me dispuse a hacerme un porro, de esos que me dejan durmiendo a las diez de la mañana.

Me levante un par de veces, una para vomitar y tomarme un zumo de naranja, y otra vez para vomitar el zumo de naranja. Doy mi palabra que estuve esparcido por el suelo otra media hora, modo oruga gigante plantada en mitad del pasillo, embadurnada de babas y bilis que colgaba de la barbilla. Sin llegar a ser larva pero sí un gusano de seda que no se convertiría en una mierda.

Ausente de todo, embaucado por la nada, el cartero de los cojones llama a mi puerta, y mi perra, a la que tanto quiero, pasa por encima de mio para salir disparada, usando mi espalda con las patas para darse impulso. Me levanto como puedo, ahora cojo el pomo de la puerta como antes cogía la rama. Al apoyarme al marco de la puerta y abrir deje todo lleno de flemas, saliva, mucosidad, bilis y esperma. Seguro que había esperma. Vamos… Eso pensó el cartero cuando me hizo firmar con su bolígrafo el justificante de la multa que me entregaba. Y a gatas regrese a mi habitad esquinero con la hoja rosa oscuro entre los dedos. Parecía que estuviera rezando a un Dios cobarde.