Se pasaban el cigarrillo, se pasaban dándose besos sabor a ceniza tardes enteras. Colgaban discos del techo con alambres, era invierno, y solo a mí me importaba, no dejaba de mirar el ventanal. Las horas cuando uno no consume se las pasa pensando, dando cuerda a un dialogo personal. Un espiral que entremezcla las ganas, la abstinencia y la sustancia. 

Evidentemente, mis amigos consumen, y alrededor mío tengo de todo, no me falta de nada, y si me falta, me olvido. 

La primera ley para no caer es alejarse de mí mismo. Ellos van dándose besos, nadie me mira, y tengo la oportunidad de irme sin llamar la atención. Dinero, dinero fácil, drogas, mujeres, madres, chanchullos, noches en un parque, dientes de plata. Ves mirando lo que te hace falta para acabar como yo. 
Una vez en la calle, es fácil domesticar a alguien con lo que sea. Las putas van al dinero, los drogadictos a la droga, los padres a los niños, y yo, yo voy sin hora. Si el tiempo no existe, porque no te importa, estas a un paso de acabar con un arma en la mano, o con un tarro de Popper, una jeringuilla como broche en la piel o ya sabes, follando sin ganas. Aborrecer el tiempo te cambia el apetito de la vida. 

Diles a tus hijos que tuvieron suerte de no tenerme como padre, era demasiado romántico y yonki para su madre. Que los cuentos de hadas que les cuentes, que no salga ningún príncipe, por favor, no le hagas creer que hay alguien. Fúmate un cigarrillo con ella a los dieciséis, sé que no fumas tabaco, pero en un futuro sí. También sé que ya no te corres.

Me da lo mismo.

La segunda ley, de cobardes. Voy corriendo por una de las dos vías que llevan a mi pueblo, suelo hacerlo cuando voy ciego, pero esta vez miro al cielo, sin estar manchado, sucio o lavado. Solo sé que estoy, sin estar de nada. La segunda ley para escapar, el suicidio. Date por vencido. 

Así que despierta esa mierda que llevas dentro, haz que tus piernas se levanten. Mis amigos se van besando a escondidas, y yo sigo aquí fuera, desteñido, como un muñeco de trapo. Llueve y ya voy viendo el faro, me deslumbra, creedme, faltan cuatro segundos. 

Cuando pasa un tren delante de ti, a poco de llevarse tu vida, el respeto hacia la vida crece, o la ignorancia aumenta. Ahora dile, a tus hijos, que su padre pudo haber perdido el duelo consigo mismo, y no lo hizo. Diles que las amistades no existen, que los amigos son veneno, y la familia no es de sangre.

La tercera ley, la ley de los noventa. En el auge de la heroína, donde nací, sufrían por dejar ver a los niños como los drogatas del barrio se pinchaban. Una vez hable con uno de esos tipos, tendría nueve años, no recuerdo mucho, pero recuerdo estar llorando con una colilla en la mano.

He llegado a una iglesia, donde solía quedar con Lucía. Mis amigos aún se besan, sé cómo son. Y siempre que llego al porche recuerdo la misma situación, cortada con dolocatil, servida en papelina, como si fuera caballo, y recuerdo estar comiéndome la olla con esa ley de los noventa mientras veía a un capullo pincharse. 

Amigos que dan tributo a la ley del mal gusto. 
Mantén la calma, la cuarta ley viene con la chica que amas. Ley, a ley me refiero a putada. Pero cuesta darle sentido a esta patada. Tírale cartas a la ventana, mientras se la tiran con una polla más dura que una piedra. A todos nos pasa capullo, ves tomando nota y deja los coños que pasen de largo. Esta ley es la del yonki enamorado, la del querer y no poder. Decídete entre el amor o el polvo. 

Paseando por la calle de mi antigua pareja, vomitando y vendiendo en el anonimato he pensado en mí. Cualquier excusa va bien para encontrarse a un antiguo amigo, contarle cualquier chorrada, que quiera ir contigo a hacerse unas rallas, y que me diga que no. Esa es la quinta ley que me hice entender, si hace falta me follo a mí mismo por el culo por orgullo.

Se nota que te drogas.

Ya va siendo de día, y el sol ya va dejando a las putas desvestidas, a los yonkis con el mono y a los padres preocupados. La sexta ley, deja que caiga la suerte, hace que el karma no exista, las coincidencias son abusos de poder. El destino es hacerme una paja cada mañana. Ahora vives para mí, y como tu Dios, respétame, y respétate, ambos nos conocemos desde antes de que te limpiara el culo tu madre. Escúchame y haz lo que te diga y te dé la gana.

He tirado una moneda en el aire para elegir el desayuno, he elegido lo que me apetecía, que era lo contrario al resultado. Un café con cruasanes sabor a lejía, mejor que a ceniza y una invocación, por si aparece el diablo y me da pie a la séptima ley.
Y así fue como conocí el diablo, siendo Dios. Me apareció por pura envidia, creyéndose que hace lo que quiere por hacer el mal, y a mí no me hace falta ni mover un dedo para quitarle el puesto. Él lo sabe, y esa es la séptima ley, todo mal y miedo que afrontes es cosa del pasado, asúmelo y respétate. 

Se esfuma.

El diablo se va coqueteando con ángeles de ojos azules y pelo rubio, y yo voy mirando, con papelinas en las manos y dinero negro en metálico. Pagando pequeñas cuentas, haciendo cuentos demasiado largos, entre amigos drogoromanticos y una familia que te trata con delicadeza. Por si rompo el hilo que les queda y ya no queda contacto.
A la mierda, la octava ley ya viene sola. Y te das cuenta tarde, como siempre, porque no tenemos cuidado. Así que acostúmbrate a reírte de ti mismo, ves aprendiendo algo. Levántate solo o acompañado, pero levántate. Muchas veces solo despertarte juegas a dibujar líneas de lado, y que vas esnifando, dejándote colgado, un títere vivo. Pero recuerda, que da lo mismo, nadie pedirá la cuenta en una vida de milagro. A nadie le interesa perder. 

Me despierto temblando, no por el frio, sino por el sueño de infarto. Fumando y apagando cigarros, tres cuartos de hora hacen falta para llenar la habitación de humo blanco. Quedarme desorientado, sin la necesidad de nada mezclado con la abstinencia de todo. 

Ya que me voy tambaleando en mi casa, con el estómago girado, esa es la novena ley que debes saber. Nadie es de acero, ni de piedra, ni es tan frio como el hielo. Todos tienen padres, incluso sueños que ni cumplieron. Pero escucha, esos asesinos a sueldo que manejan los altos cargos, tienen hijos, y estos hijos tienen hambre. La ley del muerto, la ley más jodida, la ley que separa a toda clase de personas. La ley más rastrera, la que separa la supervivencia de la avaricia. 
Mis amigos se siguen besando desde ayer.

Me siento y miro al horizonte, fijándome en un tejado imagino a alguien saltando. Es eso mismo lo que quieren que hagamos con nuestros cerebros. O que nos apareemos para saltar a la vez y quedarse los placeres de la vida en su máximo potencial. 
Esa es la décima ley, la ley de las leyes, la ley que nos encierra. La ley que hace ver, la ley que no entiende. Esa ley que es tan retorcida que a si misma funciona en un mundo de ignorantes. La ley de los cerdos adoctrinados. Esa ley que nos mantiene siendo iguales, pero a la vez tan diferentes en un mundo raro.

Las diez leyes del siglo XXI.